sábado, 26 de junio de 2010

ESTADO DE AVIDYA

Los inviernos de la mente congelan nuevamente la sangre y el reflejo en la luna, es dicho que nada en la naturaleza escapa a la ley de los ciclos. Aquello que baje a buscar ya ni lo recuerdo y el agua me cubre los tobillos. Cuando todo aquello que creaste del barro se vuelve en contra tuyo, que difícil mantenerse firme y prender el fuego en medio del diluvio que transformara en vapores aquella sustancia pegajosa de la que están hechos los escenarios claro-oscuros.
Las modas cambian, los magos y los brujos también, las redes esperan tendidas y los escapes igual, formas que toman formas de aquellas que no la tienen, luz y oscuridad, laberintos y verdad ¿Qué es real y que no? Lo que seduce es ese dolor individual y colectivo de tantas “encarnaciones” que abren la trama y la historia constantemente y es que un hombre herido o sin consuelo es un ser que pasara la vida huyendo, sin recoger y solo desparramando.
El estado de Avidya es la esencia del material del que están hechas las jaulas que perforan tu alma, buscar la conexión es la dicha a la orfandad del hombre, el fuego primigenio el que sanara sus heridas, el sonido de los tambores cósmicos silenciara los gritos, la conquista de la soberanía del encanto de la serpiente prendera su chispa en medio de las tinieblas, solo viendo lo que no se ve y oyendo lo que no se oye se recupera aquel camino perdido, despertando del sueño de los laberintos y partiendo los paisajes surreales de escenarios mundanos, es que se recupera la identidad.
El tablero siempre estuvo desplegado, el complot de la fuerzas, las sutiles influencias, la violencia, los trucos y la guerra. El destino de los que suben y luego bajan también el mismo, con la diferencia de que hoy las hogueras y crucifixiones se llaman “instituciones” y demás controles de la masividad.

Que nadie gobierne la visión y la intuición de tu alma porque un ser con un destino valen más que miles de un ejército sin sentido, a veces todo se resume en el dilema shakesperiano de elegir entre “ser” o “no ser”. Tan solo somos pequeñas consecuencias de causas infinitas esperando a ser descubiertas a renacer y a recordar.